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martes, 25 de julio de 2017

FERNANDA TRÍAS GANA LA PRIMERA EDICIÓN DEL PREMIO RESIDENCIA SEGIB-EÑE-CASA DE VELÁZQUEZ PARA AUTORES IBEROAMERICANOS


La escritora uruguaya Fernanda Trías ha sido la ganadora de la primera edición del Premio Residencia SEGIB- Eñe – Casa de Velázquez para escritores iberoamericanos, convocado con el objetico de potenciar y ayudar la labor de los escritores iberoamericanos.

La ganadora disfrutará de una residencia de cuatro meses en la Casa de Velázquez, para desarrollar su proyecto Mugre rosa y participará en la programación del Festival Eñe los días 27 y 28 de octubre en el Círculo de Bellas Artes en un acto de presentación del premio.

En su primera edición el premio ha contado con la participación de un total de 76 autores de 14 países entre ellos Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, España, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela.

El jurado del premio estaba integrado por Darío Villanueva, director de la Real Academia Española y crítico literario, Luisgé Martín, director de la revista Eñe y escritor, y Pablo Raphael, director del Instituto de México en España.

El jurado ha tenido en consideración el equilibrio de la candidatura de Fernanda Trías en todos los aspectos del concurso —la trayectoria literaria, la motivación de la solicitud, el bagaje artístico—, pero sobre todo ha valorado la consistencia y la originalidad del proyecto presentado: una novela titulada provisionalmente Mugre rosa que dibuja una ciudad portuaria distópica y opresiva y unos personajes llenos de ambición literaria.

Mugre rosa nos presenta a Felicia, una mujer joven que lucha por sacar adelante a un niño del que cuida y que está afectado por una enfermedad genética. Marcos, el chico, sufre el síndrome de Prader- Willi, una enfermedad rara que afecta a la parte del cerebro que regula el hambre y la sensación de saciedad. Con unos padres ausentes que no se ocupan de su hijo enfermo y en un entorno hostil, Felicia se involucra cada vez más con el chico y fantasea con la posibilidad de liberarle de su tortura diaria.

El jurado del premio destacó como “en el proyecto Mugre rosa aparecen sugeridas muchas de las grandes cuestiones acerca de la condición humana sobre las que la literatura lleva indagando desde sus orígenes, y tanto el modo con el que Fernanda Trías pretende abordarlas como el talento expresivo que se le conoce ya a la autora han fundamentado la decisión.”

Sobre Fernanda Trías

Narradora y traductora uruguaya radicada en Bogotá. Realizó la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Es profesora de narrativa en la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y dirige el Taller Distrital de Cuento “Ciudad de Bogotá” del Ministerio de Cultura.

Ha publicado tres novelas y un libro de cuentos. Fue amiga personal y discípula del escritor uruguayo Mario Levrero, con quien colaboró para crear la colección de narrativa uruguaya De los flexes terpines (2001-2002), dirigida por Levrero y que contó con quince títulos. En el número 5 de dicha colección, publicó su primera novela, Cuaderno para un solo ojo.

En 2001, publicó la novela La azotea (Trilce, Uruguay), seleccionada entre los mejores libros del año por el suplemento cultural de El País y que le valió el tercer lugar del Premio Nacional de Literatura Édita (2002), el premio Joven Sobresaliente (2003) y el Premio a la Cultura Nacional de la Fundación BankBoston (2006).

En 2004 obtuvo la beca para escritores Unesco-Aschberg y viajó a hacer una residencia en Francia, que dio comienzo a su vida itinerante. Esta experiencia vagabunda tuvo una fuerte influencia en su escritura. Vivió entre otras ciudades en Buenos Aires, periodo del que nació la novela de autoficción La ciudad invencible.

Los conflictos de la identidad, el ser extranjero y el desarraigo son algunos de los temas de los cuentos del volumen No soñarás flores, publicado en Colombia en el 2016.


jueves, 22 de junio de 2017

MADAMA BUTTERFLY Y LA ATRACCIÓN POR JAPÓN. MADRID, 1868-1915



MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
Paseo del Prado, 8  MADRID
Del 22 de Junio al 27 de Agosto de 2017

Pedro Saenz y Saenz.Crisantemas.1900 

En un momento en que diversas entidades pretenden realizar  un homenaje a la obra de Puccini, Madama Butterfly, con retransmisiones en directo  y otros actos diversos, el Museo Thyssen-Bornemisza se suma a la celebración con una pequeña exposición que abre sus puertas hoy y que permanecerá hasta el 27 de agosto en el Balcón-Mirador de la  primera planta del museo.



La versión original de la obra fue estrenada el 17 de febrero de 1904 en La Scala de Milán. Obtuvo muy mala recepción del público y la crítica, a pesar de la presencia de destacados cantantes como la soprano Rosina Storchio, el tenor Giovani Zenatello y el barítono Giuseppe De Luca en los papeles principales. Esto se debió en gran medida a que se acabó tardíamente y al tiempo de ensayo inadecuado. Puccini retiró la ópera y la reescribió notablemente, dividiendo el segundo acto en dos y haciendo otros cambios. La segunda versión revisada que conquistó a la audiencia se estrenó en Brescia el 28 de mayo de 1904. Posteriormente el autor realizaría nuevos cambios en la obra llegando a estrenarse hasta cinco versiones diferentes.


Kitagawa Utamaro

El 20 de Noviembre de 1907 se presentó en el Teatro Real de Madrid  una quinta versión, que se conoce ya como la "versión estándar". Hoy, la versión estándar es la que se interpreta más a menudo en el mundo. Ahora cuando se cumplen ciento diez años de la representación y coincidiendo con una nueva programación de la ópera en el Teatro Real de Madrid, el Museo Thyssen-Bornemisza organiza una pequeña muestra para situar aquel estreno en el contexto de la moda japonista que recorrió gran parte de Occidente en el último tercio del siglo XIX, y de la que Madrid también fue partícipe.



Madama Butterfly y la atracción por Japón. Madrid, 1868-1915 se propone acercar la ópera de Puccini al público, a través de medio centenar de pinturas, carteles, estampas, porcelanas, fotografías, complementos de moda y libretos teatrales procedentes del Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo ABC, el Museo de las Artes Escénicas del Institut del Teatre y el Centro de Documentación y Archivo de la SGAE, entre otros museos y colecciones. 


Anónimo.Escenas costumbristas japonesas.Geishas. 1900
Anónimo.Vaso de porcelana satsuma-1850

Tras casi dos siglos y medio de aislamiento, a mediados de la década de 1850 Japón se vio forzad por Estados Unidos a abrir sus puertas a Occidente. Tal cambio de rumbo en la política japonesa desencadenó tensiones internas que propiciaron la restauración del poder imperial de la Era Meiji (1868-1912). Un poco antes, la fuerte impronta cultural de Japón se empezó a notar ya en Occidente  través de su participación en las Exposiciones Universales de Londres (1862) y París (1867).



Al igual que sucedió en otros países fueron los artistas quienes en primer lugar  se sintieron atraídos por el arte japonés. Si en París fueron Édouard Manet o Claude Monet  los primeros en caer bajo su fascinación, entre los pintores españoles Eduardo Zamacois y Mariano Fortuny, sintieron también una temprana atracción por el arte japonés. También Raimundo de Madrazo participó de esta pasión introduciendo a veces en sus cuadros motivos orientales como biombos, cojines o parasoles.


Narciso Méndez Bringa, La Sombrilla.1987

Pronto la moda se extendió a los coleccionistas y gabinetes y salones japoneses se pusieron de moda en palacios y mansiones nobiliarias de fin de siglo en Madrid, remplazando el papel que hasta entonces habían jugado las chinoiseries como símbolo de distinción social. Tal es el caso del palacio de Santoña, o el palacete de la infanta Dña. Eulalia de Borbón. Incluso el restaurante Lhardy dispuso de un salón japonés, creado en 1885 y  conservado a día de hoy. Ahora bien, en realidad la estancia se decoró con papel de pared, lámparas y jarrones chinos. Y es que en el Madrid de la época primó un conocimiento un tanto superficial del arte japonés, fruto de la adquisición de objetos no siempre originales en tiendas y subastas.

  Tsunoda Kunisada Cortesanas en el teatro.1815-1820

El verdadero interés por el País del Sol Naciente aumentó considerablemente a finales del siglo XIX y comienzos del XX, fruto de la Exposición Universal de Barcelona de 1888 y de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), cuyo desenlace otorgó al país nipón el reconocimiento de potencia internacional de primer orden. Durante los años que discurrieron en ese período la fascinación por lo japonés no sólo estuvo centrada en la pintura, los grabados, las porcelanas u otros objetos materiales, sino que se extendió a otros ámbitos como  la música, el circo o el teatro.



A finales de 1988 abría sus puertas al público en la calle Alcalá el Teatro Japonés, un teatro de variedades decorado con elementos arquitectónicos y decorativos nipones creados por el dibujante burgalés José Arija, discípulo de Arturo Mélida y redactor artístico de Blanco y Negro25. Durante aquellos años, mujeres ataviadas con sombrillas, abanicos y crisantemos –japonesas o, más frecuentemente, europeas vestidas con kimono– volvieron a aparecer en portadas de revistas como Nuevo Mundo, gracias al lápiz de los dibujantes Julio Tubilla, Joaquín Martínez Lumbreras y Meléndez. Abundaron también las operetas de temática japonesa como Ki-ki-ri-ki (1889), Rusia y Japón y La taza de té (1906), ambas estrenadas en el Teatro Cómico de Madrid,  o Abanicos japoneses (1909). 


 Hasegawa Mitsunobu. Libro de Ilustraciones 1903

Entre los ilustradores el artista que mostró un interés más profundo por el arte japonés fue Joaquín Xaudaró. De él es la ilustración alegórica Los dos enemigos (1904) en la que un samurái, catana en mano, se esconde tras un árbol sobrevolado por garzas, al acecho de una figura con una calavera montada a caballo; la obra, de colores planos y ausencia de claroscuro, se completa con la firma del autor en vertical, imitando los kanji o caracteres japoneses. En 1907, tras ejecutar los figurines y la decoración para la embocadura y el telón del estreno de Madama Butterfly en el Teatro Real –para los que se emplearon fotografías originales japonesas–, Xaudaró marchó a París donde permaneció hasta iniciada la Primera Guerra Mundial. No obstante, siguió enviando ilustraciones japonistas a la revista Blanco y Negro tales como El desayuno y En el boudoir, ambas protagonizadas por jóvenes vestidas con kimono ante biombos japoneses que anticipan la imagen de la Eva Moderna de los años veinte y treinta.

 Anónimo. La Reina María Cristina ataviada como una dama japonesa.1894



Raimundo de Madrazo y Garreta. La lectura.1880

Pero sin duda, uno de los hitos principales del japonismo madrileño fue el estreno de la ópera de Giacomo Puccini, Madama Butterfly, en noviembre de 1907. Precedida de su gran fama internacional, fue bien acogida por el público en una época en la que las noticias sobre el país nipón todavía eran escasas. En la muestra del Museo Thyssen-Bornemisza se exhiben, entre otros objetos, el programa de mano y la adaptación al español de la obra, además de una serie de siete figurines realizados por Joaquín Xaudaró para la representación.